Siempre fueron niños buenos. Buenos y felices. Con sonrisas amplias y carcajadas limpias. Por eso tienen tanto miedo a las líneas rojas. Saben que una vez se traspasan, puede que se diluya el camino de vuelta.
Lo tuvieron, lo tienen todo y les ciega el temor a perderlo.
Siempre fueron niños buenos. Caminan, saltan, juegan cerca del límite, pero nunca han visto el fuego.
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