Te levantas un sábado a las seis de la mañana tras una noche de dudoso descanso. Lo primero que piensas: "¿por qué dije que sí? Ahora no puedo echarme atrás. No puedo dejarlas tiradas. Pero quiero dormir..." Te levantas y mientras desayunas empiezas a convencerte: " Te vendrá bien. Vas a disfrutarlo. Y así dejas de pensar en todo eso... Además, nunca has estado en Valencia. Sólo espero que no me inflen a goles... cinco años sin entrenar..."
Pero en cuanto te metes en el agua lo ves claro. Estás donde tienes que estar. Has vuelto, aunque sólo sea por dos días. De pronto te ves bajo el larguero haciendo una retrospectiva de tus años en el agua. Mientras tus compañeras suben a atacar lo entiendes todo. Mientras juegas un partido amistoso, sin tensiones excesivas y sin darle importancia al marcador, recuerdas las antiguas derrotas, la rabia, las victorias... y ves que todas eran igual de necesarias e igual de adictivas. Las veces que perdiste fue totalmente necesario que así fuera, para que ahora con 22 años puedas apreciar la calma y la visión que te dan la experiencia. Los puntos a los que debes dirigir tus energías. Todo lo que ha cambiado a mejor sin que te dieras ni cuenta. Me he dado cuenta de lo terrible que puede ser algunas veces llenarse de presente. Porque hubo tantas batallas en que cometimos ese error. Obcecadas una semana entera (o más) en lo mal que habíamos jugado el domingo anterior. Sin caer en la cuenta que la derrota está ahí para detectar y no volver a cometer el error. Que nunca te han vencido del todo si eres capaz de no perder la cabeza por una "cagada" puntual. Siempre y cuando aprendas de ello, si la lías parda dando un mal pase, bien liada está. Es el darle más importancia de la que realmente tiene lo que te hace perderte.
Sales del agua tras el penúltimo partido. Agotada. Te duelen todas las articulaciones. Te escuecen los ojos por el cloro. La cara roja y ligeramente hinchada. Pero te da igual. Porque por mucho que te quejes en el vestuario, tu vocecilla interior te susurra "anda ya, si sabes que te encanta". Son esas molestias que te hacen sentir que has cumplido. Y que, por supuesto, también echas rabiosamente de menos. Salís, dais mil vueltas, cenáis. Y de lo cansada que estas te bastan un par de tercios para pillar el puntillo. Risas. Y a dormir. Domingo. Último partido. A casa. Qué fugaz parece todo cuando te bajas del coche. Pero de camino a casa te invade la gratitud. Y le das las gracias desde tu pecho a lo que fuese que te llevase a empezar con el waterpolo hace ya 17 años. Agradeces que tu visión del mundo, de la vida y de casi todas las cosas haya sido en gran parte forjada por una disciplina como esa. Agradeces ser quien eres gracias a ese deporte que te dio tanto, aunque a veces llegases a pensar que te lo estaba quitando. Y te llenas de un orgullo inmesurable al ver que, a pesar de todo, tu corazón puede seguir bombeando esa pasión por cada vena de tu cuerpo.
