Ya no sabía. Simplemente, no sabía. Nada. Daba un paso, y después todos los demás. Cada vez más deprisa. Sin pensar. Quería llegar al filo del mundo. Sin mirar atrás. Ni a los lados. Ni al cielo. Tan solo llegar y ver qué pasaba.
Ya no sabía ni quería saber nada. Era mejor así, desde cero. Redescubrirlo todo otra vez. Sentir la vibración de la inquietud por aprender. Saborear con los ojos cerrados las palabras nuevas y admirar con la boca abierta los colores nuevos. Gritar a pleno pulmón y que las montañas le explicasen lo que era un eco.
Quería desdibujar toda experiencia y sembrar la euforia de las primeras veces. Había elegido hacer lo posible por nacer de nuevo. Y así lo hizo. Le bastó con dar un paso, y después, todos los demás vinieron.
Imagen: Sonido antiguo. Paul Klee
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