Sabía que había llegado a ese límite enfermizo por el que todos hemos paseado alguna vez. Pero no le importaba. Había elegido ese camino tanto como el camino la había elegido a ella. Aquel día en que se giró a preguntarle se cayeron todas las estrellas del cielo, y entre tanta luz ya era tarde para esconderse. Tarde para evitar quemarse. Quizá era eso; el día que empezó todo, ya era tarde.
Ahora, cada vez que lo pensaba se desvelaba su lado más destructivo. Le echaba tanto de menos, que quería que todo a su alrededor saliese ardiendo. No es que se hubiese llevado su felicidad. Era lo suficiente inteligente como para seguir disfrutando de las cosas buenas de todos los días. Pero había momentos en que no podía evitar que la bestia que llevaba dentro despertarse y se abriese camino con sus garras desde lo más profundo de su pecho. Y quería gritar. Y que el mundo se apagase por uno o dos segundos.
Sí, aquel día todas las estrellas se cayeron. Pero ese no es problema para quien es capaz de encontrar entre los estambres de una flor el universo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario