Todos tenemos Una Historia. Una Historia nunca la contamos en voz alta. Tan solo la conocemos nosotros y quien nos vio vivirla. Está cosida con hilo transparente. En la piel. Una Historia se cuenta sola en todo lo que hacemos. En cómo lo hacemos. En el modo en que te levantas y te diriges a la puerta. En la forma en que me miras antes de girar el pomo. Es difícil darse cuenta, pero una vez la percibes, resulta imposible obviar la narrativa de los gestos. Cómo caminas por la calle. La forma en que ladeas ligeramente la cabeza al escuchar ciertas palabras. El cómo, cuando y por qué de tus sonrisas.
Una Historia siempre está ahí. Diciéndose a gritos. Creo que es porque tiene miedo de que la olviden. Cuando Una Historia está cosida a tí, sus gritos solo los escucha quien tiene oídos en el alma. Quien se merece poder verla. Pero de llegar a caer en el olvido, corre el peligro de volverse a repetir, y si esto sucediera la podría ver cualquiera. Por eso Una Historia está bien donde está. No en el olvido. Ni en el pasado. En cada día. Aunque nosotros la mayor parte del tiempo no nos queramos dar cuenta.
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